Artículo publicado el viernes 1 de septiembre de 2006

 

Dice un proverbio chino que la mentira produce flores, pero no frutos. Y así andamos en esta España dominada por el victimismo nacionalista, que ha ido construyendo a lo largo de décadas un discurso impermeable a la coherencia, meramente coyuntural y adaptado a las circunstancias que más favorecían a las economías catalana y vasca. Flores en forma de proteccionismo, franquismo y estatutos varios, pero escasos frutos de bienestar para todas las regiones.

El todavía presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, se permitió afirmar el día de la entrada en vigor del nuevo estatuto que “Cataluña ya tiene una nueva constitución y puede hacer lo que quiera”. En realidad, el nieto de Joan Maragall quería decir que Cataluña ya ha hecho oficial lo que lleva practicando desde hace casi un par de siglos: hacer del mercado español un patio rehén en el que no cabía la competencia foránea. Cuando los nuevos tratados internacionales han hecho insostenible esta situación, el nacionalismo catalán ha optado por el librecambismo. Ahora, se trata de alejarse del estado español porque ya no representa un objetivo prioritario. Basten estos datos proporcionados por Jordi Maluquer: mientras las ventas de Cataluña al resto de España registraron una pérdida relativa sostenida (90% del comercio total de exportación en 1967 frente al 69% en 1994), las exportaciones al extranjero se duplicaron entre 1994 y 2000.

En Un análisis sobre el nacionalismo catalán, J.L. Allero analiza la apuesta del nacionalismo catalán por el librecambismo y la plena integración europea, sin que eso provoque, aparentemente, un choque significativo con la contradicción que implica la política lingüística. El nacionalismo librecambista sería un intento por no depender del Estado, mientras, al mismo tiempo, se incentiva la llegada de multinacionales, algo que parece haber fracasado con el fenómeno de la deslocalización que tan de sorpresa parece haber cogido al Tripartit nacional y socialista:

“Un proyecto nacional integrado en la Unión Europea no tiene futuro sin una viabilidad económica. En este asunto, el nacionalismo catalán ha dado un gran salto al pasar de su histórico proteccionismo, con el que monopolizaban el mercado español para sus productos manufactureros, al área del librecambio. El proceso industrial catalán se forjó en el proteccionismo canovista que le permitió el monopolio del mercado español y el desarrollo progresivo de esta región como una de las más avanzadas de la nación. Su actual librecambismo es utilizado como medio para vincular Cataluña a los focos de desarrollo de tecnología punta de Europa.”

Si bien es cierto que, como apunta Allero, el canovismo aseguró el monopolio del mercado español para la industria catalana, la Ley de Desamortización General de Pascual Madoz del 1 de mayo de 1855 benefició a los miembros de la burguesía, sobre todo la catalana, que pudo así capitalizar las fincas de más valor y convertirse en latifundista. Con la excepción del Arancel Figuerola de 1869, el proteccionismo continuó azotando a los consumidores españoles de productos catalanes. Pero el nacionalismo catalán siempre ha sido inteligente, y mientras apellidos como Almirall, Güell y Ferrer han quedado en un respetable segundo plano, los Prat de la Riba y los Rovira i Virgili han gozado siempre de renombre.

Caso aparte merece el discurso nacionalista vasco. En Cambio de destino, Jon Juaristi analiza el surgimiento de la banda terrorista ETA, su génesis, asociada al deseo de mantener unas estructuras económicas que las élites vascas veían amenazadas por el desarrollismo tecnócrata del franquismo:

"El desarrollismo franquista había faorecido a las regiones industriales en detrimento del campo español, pero tal modelo, que implicaba la inversión del ahorro de las regiones rurales en Cataluña y el País Vasco, así como la orientación de los flujos migratorios interiores hacia ambas zonas, se hallaba amenazado por la política de los tecnócratas, tendente a una industrialización más diversificada -los famosos polos de desarrollo- y, por consiguiente, a una distribución territorial más equitativa de la renta. Esto era lo que verdaderamente alarmaba a unas clases medias que dependían económicamente de la gran industria -bien como cuadros de la misma o como propietarios de industrias auxiliares- y del rápido crecimiento urbano, tanto en el sector de la construcción como en el de los servicios (...) En resumen, el nacionalismo estaba necesitado de una organización revolucionaria y violenta, que consiguiera forzar los pocos cambios necesarios para que nada cambiase."

La falta de coherencia en la presunta ideología que se dice defender es una constante en el discurso de los nacionalismos vasco y catalán. La coyuntura lo preside todo, como demuestra el gran caudillo del nacionalismo vasco, Javier Arzallus, a lo largo de dos décadas de declaraciones. Sirvan éstas como muestra:

"El cuerpo me pide no crear hostilidad. Me gustaría contribuir a que Aznar forme Gobierno" (III-1996).
"Aznar ha hecho más (por nosotros) que el PSOE en 13 años" (IX-1997).
"Aznar sigue la línea de guerra y exterminio" (XI-1999).
"¿Para qué queremos la autodeterminación ? ¿Para plantar berzas?". "La autodeterminación es una virguería marxista". "Euskadi está ahora a primer nivel autonómico" (XI-1987).
"Como el TC acepte los recursos contra el Plan Ibarretxe y le dé la razón al Gobierno, aquí se ha acabado la democracia para nosotros y, por lo tanto, se han acabado las reglas del juego en las que entramos". (17-XI-2003)

Flores, pero no frutos. Regiones enteras de España nunca llegaron a desarrollar todo su potencial por expreso impedimento de regiones ricas, como la vasca y la catalana, que impusieron sus condiciones, se beneficiaron de sus recursos humanos y aprovecharon el franquismo para apuntillar el privilegio industrial. De todas formas, como en El ocaso de los Dioses, el Walhalla se derrumba. Un mundo que se extingue cede su lugar a otro.


Artículo publicado en www.eldiarioexterior.com