Hoy quiero hablar de dolor.
Os contaré el recorrido de mis lágrimas. Llevo días leyendo el sufrimiento de algunos lectores de Debate21. España nos está haciendo sufrir de lo lindo, ¿verdad? Es un dolor demasiado intenso como para disfrazarlo con ropas tejidas en el Lejano Oriente. Es un dolor nuestro y de aquí no sale. Lo provocan el amor y el miedo.
Primero se empañan los ojos. Uno trata de controlarlo, pero es imposible. Pensamos en nuestros abuelos y en sus abuelos. Repasamos los fracasos colectivos, identificamos el origen, pero, al día siguiente, el error sigue perpetuándose e incluso parece ir a peor. Uno lee que hoy debatirán los candidatos de los dos partidos mayoritarios por primera vez desde 1993, quince años después.
Luego brotan las lágrimas. Ahí ya no hay nada que hacer. ¿Y por qué deberíamos ocultarlo? Sí, culto a la fuerza, así que no os mostréis débiles, porque os machacarán. Pero a mí ya me importa un carajo. Sí, os lo digo a gritos: ¡Soy extremadamente sensible y estoy cansado de disimularlo! Por ejemplo, me comí el 11M en el extranjero, demasiado lejos de España, y ese día no fui a trabajar para quedarme en casa llorando a solas por 200 personas a las que no conocía de nada, pero por las que habría dado la vida. Al día siguiente, lloré por todo el país y la repetición de los errores históricos. Entonces, me recibieron en la oficina, hicimos un minuto de silencio y muchas de esas personas a las que llaman sudacas de mierda lloraron junto a mí, por NUESTROS muertos, sin tratar de ocultarlo.
Descienden y dejan una marca fría, hasta que llegan a la comisura de los labios. No busquéis resultados; haced lo que debáis, nos dicen. España nunca agradecerá nada, pero el amor es altruista. No es culpa tuya que la mitad del país sólo viva para sí mismo y todo le importe una mierda y tus lágrimas se pierdan como en una escena de Blade Runner. ¿Y por qué debería importarles? Es tu problema si crees en la fuerza de los ciudadanos y en unos valores e historia común. Pero, ¿es que acaso olvidáis que el ser humano es social y siente necesidad vital de interacción? ¿Es que no habéis leído ni una línea de Shakespeare?
Cuando las lágrimas se cuelan por la comisura de mis labios, la sal trae la visceralidad de la vida. Mantén la cabeza fría, te enseñan desde pequeño. Deambula por los centros comerciales, como una maldita peonza. Sálvate de la quema, construye tu taifa de 70 metros cuadrados e inmunízate del dolor ajeno. O exíliate al extranjero o al interior de ti mismo: desconócete a ti mismo. Pero, sobre todo, en España, muestra mayor fiereza que el que tengas al lado; aplástalo, róbale el turno de palabra. Lo que sea, pero imponte y no escuches. Si muestras interés y amor, lo verán como un síntoma de debilidad. Nunca terminamos la Reconquista. Eso sí, no digáis que el mundo es como es. Somos nosotros. Nosotros.
Me he pasado media vida reprimiendo cualquier signo de debilidad, fingiendo una dureza que no es mía, porque yo, con mis errores, mis problemas y mis contradicciones, siento un profundo amor y curiosidad por el mundo. No quiero ser como ellos, solo que en la otra cara de la moneda: Pepiño, Rodríguez, Ibarreche, ya no me da miedo decíroslo: me habéis hecho sufrir y llorar mucho; mucho más de lo que os imagináis. Todo el tiempo que me ha ocupado este artículo lo he pasado llorando. No hay día en el que las noticias que genera España no me hagan sufrir; hechos y comportamientos innecesarios en un país relativamente próspero como el nuestro. Pero no quiero seguir acumulando odio ni deseo de revancha. Os voy a perdonar por el daño que me habéis hecho, aunque nunca se apagará mi sed de justicia para aquellos que haya quebrantado la Ley. Y a todas las personas a las que yo haya hecho daño, les pido que me perdonen también, de todo corazón. No he venido al mundo a odiar. Y si me identifico con alguien en esta maldita pesadilla de la España post 11M es con las víctimas del terrorismo; por su capacidad para aceptar el dolor, para mostrarlo sin vergüenza, pero, sobre todo, por su capacidad para perdonar.
Quizá mañana, si este escrito es sólo una mera catarsis, mis genes españoles vuelvan a llevarme por la senda del enfrentamiento y mis buenos propósitos queden en nada, ya sea por mi propia incapacidad o porque el entorno y las circunstancias me obliguen; incluso por ambos motivos. Pero, hoy, quería llorar junto a vosotros y deciros que os quiero.


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