Existe en cada uno de nosotros la tendencia a entregarnos y a replegarnos. Como una lucha constante, quizá de ser uno con todo. Las circunstancias y la voluntad nos llevan por uno u otro camino, y algo parecido suele suceder con las civilizaciones que han sembrado de días este planeta.
China, con sus cuatro mil años de historia, es el ejemplo más claro de esta balanza tan descompensada, que se decanta unas veces por la apertura y otras muchas por el ensimismamiento, como si se le pudiera poner una cerca a los cometas.
La dinastía Qin fue corta. Entre 221 y 206 antes de Cristo, el emperador Qin Shi Huang, mediante una administración eficaz y un ejercicio del poder despiadado, unificó los estados e inició la construcción de la Muralla para defenderse de las invasiones nómadas. Con la dinastía Han, que perduró hasta 220 después de Cristo, llegó el expansionismo militar. La corrupción y las rivalidades llevarían a nuevas rebeliones y a divisiones internas en tres reinos. La dinastía Ming (1368-1644) libró a China del dominio mongol y reconstruyó la agricultura en sus dos primeros reinados, pero la corrupción acabó convirtiéndose en un Saturno que todo lo devoraba. Rescato parte de un artículo que publiqué en esta misma columna hace unas semanas sobre la Flota del Tesoro para tratar de ilustrar el efecto devastador que tuvo para China el aislacionismo:
“Partió en 1405 desde el puerto de Liujiagang, en la que sería la primera de siete expediciones. Eunuco. Musulmán. Chino. Durante 28 años, Zheng He comandaría la flota del Tesoro. Su misión, ideada por el emperador Chengzu, consistiría en promover el intercambio y la cooperación con naciones y civilizaciones de todo el mundo. El imperio Ming se estaba abriendo al mundo y una flota con 27.000 hombres se encargaría de estrechar los lazos. A lo largo de casi tres décadas, la flota del Tesoro cumplió con éxito su cometido y China logró establecer vínculos comerciales con Asia y África que trajeron prosperidad a la nación.
Pero Zheng He no regresó de su séptimo viaje. Su huella desapareció durante seis siglos, quizá porque los confucionistas desplazaron a los eunucos, lo que llevó a China a replegarse, nuevamente, sobre sí misma.”
La Flota del Tesoro fue quemada y se reforzó la muralla con sistemas de defensa mucho más sofisticados. El confucionismo apartaba a China del mundo.
La dinastía Qing, la última que rigió los destinos de China, sumiría al país en un caos de corrupción y aislacionismo. 1933, 1966, 1976, Chang Kai-shek, Mao y Deng Xiaoping son fechas y nombres que ya nos quedan muy cerca.
La reflexión sobre la eterna China trae paz. Nos ayuda a relativizar nuestra presencia en el mundo como españoles. Más aún como catalanes. Pienso en nuestras pequeñas murallas. Los Pirineos, el Ebro. Tan frágiles, tan superadas. Era necesario el nacionalismo para que nada se moviera en este pequeño corral de siete millones de almas. La Flota del Tesoro catalana fue la tecnocracia franquista. Cuando España ya no era negoci, tomaron las calculadoras y concluyeron que la independencia o la OPA pura y dura mantendrían las cuentas sanas. Quemaron las naves que habían traído prosperidad y paz.
El aislacionismo suele llevar a las sociedades a la ruina y no surge como respuesta, sino como prisión preventiva para masas sospechosas de pensar por sí mismas. La Gran Muralla no era eficaz per se. El poder radicaba en lo que simbolizaba. No mantenía al mundo fuera de China, sino a los chinos alejados del universo.


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