Hacía ya tantos años que se logró que puede considerarse de nuevo como una primera vez. Un grupo de jóvenes se enfundaron la camiseta roja de España, y con cuarenta y cuatro millones de españoles detrás, han levantado la Eurocopa bajo el cielo de Viena. No ha sido el triunfo de una selección de jugadores de fútbol más o menos buenos, con más o menos talento, sino la victoria de una filosofía futbolística. Ha quedado desterrada aquella amarga elección, según la que había que optar por el espectáculo o por el trofeo. Ha quedado desterrado ese calificativo, “la furia”, el juego desesperado con mucho corazón y poca cabeza, con el que todo un país se consolaba mientras sus jugadores hacían las maletas para volver a España con las manos vacías. El día 29 de junio de 2008, unos genios vestidos de rojo, con pies que son cinceles de fútbol, abrieron el libro de la Historia y se pusieron, por fin, a escribir en él.
Una marea roja y gualda ha inundado todas las ciudades y pueblos de España con las caras tiznadas de ceniza de bengala. Está ronca de gritar, satisfecha de empujar a la selección que les representa sobre el césped europeo. A una afición eufórica, acreedora de una ilusión que ahora ha sido pagada con creces, se unen voces de todos los rincones del mundo que se rinden ante el juego que España ha desplegado en la competición. Guus Hiddink, seleccionador de Rusia, que ha hecho un gran papel en la Eurocopa, afirma que con esta España sólo podía sentarse y esperar a que lleguen los goles.
Después de una buena liguilla, llegamos a cuartos, donde el maleficio histórico aumentaba de tamaño por tener a Italia en frente. El partido fue el auténtico choque de culturas futbolísticas, entre el toque y el espectáculo español, y el conservadurismo defensivo italiano. Los que no sufrieron problemas cardiacos a lo largo del partido y de la prórroga, pudieron ver cómo, a los penaltis, España dibujaba una línea en la Historia. Casillas —‘San Iker’, al que muchos militan devoción temprana— detuvo dos lanzamientos, y a los lanzadores españoles no les pudo la presión para alojar el balón en la red, y llevar a España más allá de cuartos. Ahí ganamos la Eurocopa porque España se creyó a sí misma, se vio campeona.
La semifinal contra Rusia fue trabada al principio, pero bien trabajada, y terminó siendo un auténtico recital de toque que enamoró al continente entero. En la final esperaba la rocosa Alemania. También probó la medicina de Luis Aragonés, un seleccionador al que se le ha criticado hasta la saciedad, y que, con paciencia e inteligencia, ha dejado al país rendido a sus pies. Él pulsó las posibilidades durante meses, y llegó a la Eurocopa con un equipo unido, y un estilo propio que se ha demostrado campeón. Ante ese estilo Alemania quedó ahogada en el centro del campo por los sensacionales Xavi y Senna, impotente arriba por Marchena, Puyol y Casillas, y desdibujada en la zona de creación española, donde Iniesta, Silva y Cesc camparon a sus anchas. Torres marcó el gol de la victoria por encima de Lehman, y encumbró el fútbol español a la gloria europea.
El fútbol, y el deporte en general, es un antídoto contra ruindades políticas y sociales cotidianas. Es una válvula de escape que han aprovechado millones de personas para hacer ondear banderas y para gozar sin complejo de ser español. Aún así, siempre hay quien es profesional en aguar fiestas, y no han faltado los ‘urkullus’, ‘ibarreches’ o ‘roviras’ para posicionarse en contra de su propia nación. Urkullu, presidente del PNV, no ha dudado en apoyar entusiasmado a Rusia, aún cuando allí se ha masacrado a un pueblo de rasgos nacionalistas como los chechenos. Pero no prosperarán, porque el sentimiento de orgullo a pertenecer a una nación no significa que todos sean iguales, ni que todos tengan o deban tener la misma “idea de nación”, como muchos dicen. El orgullo de pertenencia a un país no sólo es un arraigo a las costumbres, ni el fetichismo vacío hacia los símbolos, sino a la certeza que como nación, como unidad soberana, se avanza juntos a un tiempo en la misma dirección por el camino de la Historia. Hoy, el fútbol ha unido a la gente de distintas ideas y de diversos lugares. Ha hecho saltar por los aires la estructura montada por ideologías excluyentes, tanto por separatismos agresivos como por idólatras de objetos vacuos. El deporte ha logrado romper prejuicios y unir a la gente, y eso es algo ante lo que tantos excluidores profesionales no pueden hacer nada.

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