Que me perdonen Erwin Panofsky y su análisis meticuloso y sublime del arte Occidental. Que me disculpe por mencionarlo en este artículo, que no trata del Renacimiento, ni tampoco de Durero, ni tan siquiera de pintura, y que tan sólo se inspira en una colección de nueve relatos escritos por Alan Sillitoe en los sesenta. Y le pido disculpas porque no voy a indagar ni un momento en la vida de su autor ni en su contexto histórico. Se trata de una apropiación de párrafos con lectura inversa deliberada y aplicados a la situación política de España.

Reconozco que me impresiona la figura de ese joven delincuente británico, protagonista del relato que da título a esta obra de Sillitoe, confinado varios años en un centro que es, en sí mismo, una antesala de la cárcel. Abocado a entrenar en las frías madrugadas de Essex para ganar una carrera nacional de fondo y colmar al director de la prisión de honores e incluso títulos nobiliarios. Fascinante me resultan su coherencia y su honradez. Insisto, desde una lectura inversa. El joven sabe que podría ganar la carrera sin despeinarse. Mantiene el liderato todo el tiempo, hasta que, a pocos metros de la meta, se para y deja que otro muchacho gane para lanzar un mensaje a un director que, probablemente, nunca lo va a entender:

“No correré esos cien últimos metros aunque tenga que sentarme en la hierba con las piernas cruzadas y hacer que el director y sus fofos matones me cojan y me lleven hasta allí; pero como esto va contra sus reglas, ya pueden apostar ustedes a que no lo harían nunca, porque no son lo bastante listos como para saltarse las reglas, como lo haría yo en su lugar, por mucho que sean suyas. No; aunque sea lo último que haga en esta vida le enseñaré lo que significa honradez, a pesar de que él no lo entenderá nunca, por que, si él y todos los que son como él lo entendiesen, querría decir que estarían de mi parte, lo cual es imposible.”

Si todos somos corredores de fondo, quizá sea tiempo de saborear nuestra soledad. A lo mejor ha llegado el tiempo de valorarla. Y de sentir, a partir de ese momento de honradez con uno mismo, la comunión con el resto de corredores, sin importar a cuántos kilómetros nos hayamos alejados los unos de los otros:

“Y, cuando atravesaba los campos, supe cómo es la soledad del corredor de fondo, y me di cuenta de que para mí esta sensación era lo único honesto y verdadero que había en el mundo, y comprendí que esto no cambiaría nunca.”

Y, una vez aceptados a nosotros mismos, quizá sabremos tomar decisiones que afectarán a los demás de alguna u otra manera. El dilema está en seguir corriendo, aceptar las normas y ganar la carrera para, desde dentro del sistema, introducir cambios, o en pararse frente a la línea de meta y lograr que el máximo posible de ciudadanos se plantee durante unos instantes qué carrera es ésa, quiénes toman parte en ella, qué hay en juego, quién se beneficia de todo el espectáculo.

“Quizá es que cuando coges el látigo te mueres”, reflexiona nuestro protagonista. Y yo no dejo de pensar en Mariano.